“LAS ADICCIONES NO SON EL PROBLEMA; SON LA SOLUCIÓN QUE LA PERSONA ENCONTRÓ.”
La frase puede incomodar.
Y quizá por eso mismo vale la pena detenerse en ella.
Las conductas adictivas no aparecen de la nada ni cumplen su función en el vacío. Ya sea consumo de sustancias, alcohol, sexo, trabajo o incluso ciertos vínculos, suelen emerger en historias atravesadas por el dolor, en cuerpos que han aprendido a resistir, en mentes que buscan alivio, control o un momento de calma. Aparecen allí donde algo falta, o donde algo duele demasiado.
Hablar de adicciones implica, inevitablemente, hablar de salud mental. Y hablar de salud mental exige incluir al cuerpo. No son dimensiones separadas: lo que no encuentra palabras muchas veces se expresa como compulsión; lo que no puede sostenerse emocionalmente, se descarga físicamente; lo que no se nombra, se actúa.
Detrás de una adicción suele haber ansiedad persistente, trauma no elaborado, estados depresivos o una profunda desconexión emocional. Pero también hay algo esencialmente humano: la necesidad de calmarse, de pertenecer, de sobrevivir cuando la realidad se vuelve insoportable.
Por eso, el abordaje integral es fundamental. No alcanza con eliminar la sustancia o restringir la conducta. Es necesario comprender qué función cumple, qué lugar ocupa, qué está anestesiando. Solo desde esa comprensión puede empezar a construirse una alternativa más sostenible y compasiva.
Lo terapéutico no reside únicamente en el control, sino en la comprensión. En ofrecer otras formas de habitar el mundo, en devolverle a la persona el derecho a sentir sin tener que huir de sí misma.
Quienes trabajamos con personas en situación de consumo lo sabemos: muchas veces la intervención más transformadora no es una técnica, sino una mirada sin juicio, un “te veo”, un espacio donde el dolor puede ser nombrado sin vergüenza.
Hoy más que nunca necesitamos dejar de pensar las adicciones como fallas personales y comenzar a verlas como señales de algo más profundo. También como oportunidades: porque cuando el síntoma se vuelve mensaje, comienza el verdadero proceso de sanación.
En ese sentido, decir que la adicción es la solución que la persona encontró no la justifica ni la idealiza. La contextualiza. Nos recuerda que, aunque no sea una solución saludable, es una respuesta desesperada frente a un sufrimiento que no encontró otro modo de ser regulado. Y allí es donde el trabajo clínico cobra verdadero sentido.


