Una mirada clínica sobre lo que ocurre antes del delito adolescente, y sobre lo que como sociedad seguimos sin ver a tiempo.
Cuando un adolescente comete un delito, la conversación pública suele empezar por el castigo. Aparecen propuestas para aumentar las sanciones o reducir la edad de responsabilidad penal. Es comprensible que un hecho grave provoque indignación y que sus víctimas necesiten protección y justicia. Pero si queremos evitar que otros adolescentes lleguen a ese punto, también debemos preguntarnos qué ocurrió antes.
¿Qué estaba pasando en su vida antes de llegar a ese punto? Esa pregunta no significa que ya no haya nada por hacer, ni busca borrar la responsabilidad por el daño causado: nos obliga a mirar la trayectoria completa y a reconocer las señales que muchas veces quedaron sin respuesta.
Mirar antes de la infracción
No existe una historia única detrás del delito adolescente. Sin embargo, algunas trayectorias están marcadas por experiencias de violencia, negligencia o abandono; por dificultades escolares que se acumulan hasta la desvinculación; por la falta de espacios seguros y por necesidades de salud mental que nadie atendió a tiempo. En esos contextos, el consumo de sustancias puede cumplir una función de escape o alivio y, a la vez, aumentar la exposición a nuevos riesgos. Reconocer estas circunstancias no significa asumir que todo adolescente que las vive cometerá un delito.
A menudo vemos al adolescente cuando aparece en una noticia o ingresa al sistema de justicia. Resulta mucho más difícil verlo años antes, cuando faltaba a clases, dejaba de participar en actividades, pedía ayuda de manera indirecta o comenzaba a consumir. Ahí también había una responsabilidad compartida: de los adultos cercanos, de la comunidad y de las instituciones que debían detectar y acompañar, pero que muchas veces reaccionaron cuando el daño ya se había instalado.
Comprender el desarrollo adolescente
La adolescencia también es una etapa de cambios neurobiológicos. La corteza prefrontal, que participa en la planificación, la evaluación de consecuencias y la regulación de los impulsos, continúa madurando. Al mismo tiempo cambian los circuitos vinculados con las emociones, la recompensa y las relaciones sociales, incluida la amígdala. No se trata de que una parte del cerebro esté «apagada» y otra funcione «al cien por ciento»: estos sistemas interactúan y su desarrollo varía entre personas y situaciones.
En la práctica, esto importa cuando pedimos a un adolescente que «problematice» su conducta o se «motive» a cambiar, como si bastara con explicarle las consecuencias. Puede contar con esas capacidades y, aun así, necesitar apoyo para ponerlas en juego, especialmente bajo estrés o en contextos de adversidad. No es que no quieran cambiar: muchas veces todavía no cuentan, del todo, con las herramientas para hacerlo solos. En vez de interpretar de inmediato su dificultad como falta de voluntad, podemos construir un vínculo, hacer preguntas concretas, trabajar metas cercanas y acompañar el desarrollo de habilidades de autorregulación.
“La pregunta decisiva no es solo qué hacer después de un delito, sino qué estamos dispuestos a hacer cuando todavía hay tiempo para cambiar el rumbo.”
Llegar a tiempo requiere trabajar juntos
La prevención necesita presencia sostenida en los barrios, oportunidades reales de participación y apoyo oportuno a las familias. También exige que escuelas, salud, protección social y servicios especializados se comuniquen y actúen de forma coordinada. Cuando cada institución interviene por separado, un adolescente puede pasar por varios dispositivos sin que nadie logre sostener una respuesta continua.
Cuando ya existe una infracción, la respuesta debe considerar el daño y ofrecer un camino efectivo hacia la reintegración. La atención en salud mental y el tratamiento por consumo de sustancias requieren vínculos de confianza, continuidad y comprensión de las experiencias que pueden estar detrás de ciertas conductas. Una sanción, por sí sola, no resuelve las condiciones que contribuyeron a la trayectoria.
Como sociedad, podemos exigir responsabilidad y, al mismo tiempo, exigir que la protección llegue antes. No son caminos opuestos.
Desde mi experiencia de más de una década trabajando con adolescentes en salud mental, he visto lo fácil que resulta esperar de ellos respuestas propias de un adulto. También he visto lo distinto que puede ser el resultado cuando ajustamos la mirada: cuando diseñamos intervenciones acordes con su etapa de desarrollo y sostenemos la relación con ellos, incluso cuando cuesta, se abren otras maneras de participar, de confiar y de construir cambios reales.


