Comprensión integral y acompañamiento del dolor físico persistente

Tu dolor físico es real, aunque todavía no encuentres una explicación

Bárbara Paz Garín Duque

Bárbara Paz Garín Duque
Psicóloga y Trabajadora Social

Cómo una perspectiva integral puede ayudarnos a comprender y acompañar el dolor físico persistente sin origen orgánico.

Vivir con dolor físico persistente sin encontrar una explicación que permita comprender completamente su origen puede convertirse en una experiencia profundamente desgastante. A las molestias corporales se suman las consultas, los exámenes, la incertidumbre y, muchas veces, la frustración de continuar buscando respuestas mientras el dolor permanece.

Con el tiempo, algunas personas incluso dejan de hablar de lo que sienten. Se cansan de explicar que les duele, de sentirse incomprendidas o de escuchar que los resultados médicos “están bien” cuando su experiencia cotidiana les indica exactamente lo contrario.

Sin embargo, que un examen no logre explicar completamente un dolor no significa que ese dolor no exista.

La comprensión científica contemporánea reconoce que el dolor es considerablemente más complejo que la presencia o ausencia de una lesión. La International Association for the Study of Pain (IASP) lo define como una experiencia sensorial y emocional desagradable asociada —o semejante a aquella asociada— con un daño tisular real o potencial. Además, señala que se trata de una experiencia personal influida, en distintos grados, por factores biológicos, psicológicos y sociales (Raja et al., 2020).

Más allá de la pregunta “¿dónde está el daño?”

Históricamente, gran parte de la atención del dolor se ha desarrollado desde una perspectiva biomédica: identificar una alteración orgánica, establecer un diagnóstico y tratarla. Este abordaje continúa siendo indispensable. Frente a un dolor persistente, siempre es necesario descartar y estudiar adecuadamente sus posibles causas médicas.

El problema aparece cuando suponemos que todo dolor debe guardar una relación directa y proporcional con un daño observable.

La investigación ha mostrado que la experiencia dolorosa emerge de interacciones complejas entre procesos biológicos, psicológicos y sociales en el transcurso de la vida. Esta perspectiva biopsicosocial no niega la dimensión corporal del dolor; por el contrario, amplía su comprensión al reconocer que la persona que siente dolor tiene una historia que la sitúa, emociones, pensamientos, vínculos, condiciones de vida y formas particulares de relacionarse con su propio cuerpo (Gatchel et al., 2007).

Los avances en el estudio del denominado dolor nociplástico han contribuido especialmente a esta discusión. Este concepto permite describir determinadas experiencias de dolor asociadas a una nocicepción alterada, en las que no existe evidencia clara de daño tisular real o potencial que active los nociceptores periféricos, ni evidencia de una enfermedad o lesión del sistema somatosensorial que explique suficientemente el dolor. Esto no convierte el dolor en imaginario ni permite atribuirlo automáticamente a una causa psicológica (Kosek et al., 2021).

El dolor también ocurre dentro de una historia

Cuando una persona vive durante meses o años con dolor, el fenómeno deja de involucrar solamente una zona determinada del cuerpo.

El dolor puede comenzar a relacionarse con el sueño, el estado de ánimo, las actividades cotidianas, el trabajo, las relaciones familiares, la participación social y la percepción que la persona tiene de sí misma y de sus propias capacidades.

También pueden aparecer miedo, incertidumbre, hipervigilancia frente a determinadas sensaciones corporales, evitación de actividades, frustración o aislamiento.

Esto no significa establecer una relación lineal del tipo “estás angustiado, por eso te duele”.

La relación es mucho más compleja.

El dolor puede producir sufrimiento emocional y, al mismo tiempo, el estrés, las emociones, las experiencias anteriores, las expectativas, las respuestas del entorno y determinadas formas de afrontamiento pueden influir sobre la manera en que el dolor es percibido, interpretado y vivido.

Por eso, comprender a una persona con dolor persistente requiere ampliar la mirada.

Del síntoma aislado a la experiencia de la persona

Preguntar cuánto duele, por ejemplo, utilizando una escala de 1 a 10, puede proporcionar información clínica relevante, pero difícilmente logra describir por sí sola la experiencia completa.

También necesitamos preguntarnos:
¿Qué estaba ocurriendo cuando comenzó el dolor? ¿Cómo ha cambiado desde entonces? ¿Qué significado ha adquirido? ¿Qué actividades se han abandonado? ¿Cómo ha afectado las relaciones? ¿Qué ocurre emocionalmente cuando aumenta? ¿Qué estrategias utiliza la persona para enfrentarlo? ¿Cómo responde su entorno? ¿Qué temores aparecen frente a las sensaciones corporales? ¿Qué aspectos de su vida continúan siendo satisfactorios y cuáles han quedado progresivamente limitados?

Estas preguntas no reemplazan el diagnóstico médico.

Lo complementan.

Permiten comprender el dolor como una experiencia situada: ocurre en una persona concreta, con una trayectoria vital determinada y dentro de sistemas familiares, laborales, sociales y culturales que también pueden influir en la manera de experimentarlo y afrontarlo.

Desde esta perspectiva, el cuerpo deja de entenderse como una estructura completamente separada de las emociones, las cogniciones, los vínculos y el entorno.

¿Qué lugar tiene entonces la psicología?

Incorporar una perspectiva psicológica al tratamiento del dolor no significa afirmar que “todo está en la mente”.

Tampoco significa abandonar la búsqueda de explicaciones médicas cuando estas son necesarias.

La psicología puede contribuir a comprender cómo la persona está viviendo el dolor y qué procesos pueden estar interactuando con él: pensamientos, emociones, temores, conductas de evitación, experiencias significativas, estrategias de afrontamiento, relaciones interpersonales, estrés y cambios que el propio dolor ha producido en la vida cotidiana.

La evidencia disponible muestra que las intervenciones psicológicas pueden formar parte del abordaje del dolor crónico. Una revisión sistemática Cochrane que reunió 59 estudios y más de 5.000 participantes encontró que la terapia cognitivo-conductual presenta efectos beneficiosos pequeños o muy pequeños sobre dolor, discapacidad y malestar psicológico. Los propios autores advierten que la magnitud de estos efectos es limitada y variable, lo que refuerza la necesidad de evitar promesas simplistas y considerar estas intervenciones dentro de abordajes más amplios (Williams et al., 2020).

Por tanto, el propósito de una intervención psicológica no debería ser convencer a alguien de que su dolor no existe, sino exactamente lo contrario: reconocerlo, comprender su experiencia y ampliar las posibilidades de afrontamiento y bienestar.

Una mirada relacional también es necesaria

Hay otra dimensión que no deberíamos olvidar en este acompañamiento.

Las personas no experimentamos el dolor de manera aislada. Vivimos dentro de familias, relaciones, trabajos, instituciones y comunidades.

Cuando alguien presenta dolor persistente, estos sistemas también reaccionan. Algunas respuestas pueden transformarse en importantes fuentes de apoyo; otras pueden generar incomprensión, sobreprotección, conflicto, aislamiento o la sensación permanente de tener que demostrar que existe un sufrimiento real.

Por ello, una comprensión y acompañamiento integral también considera las relaciones y los contextos donde la persona desarrolla su vida.

No se trata de trasladar la responsabilidad del dolor al individuo ni a su familia, sino de identificar qué condiciones pueden favorecer una mejor adaptación, mayor autonomía, participación y calidad de vida.

Este cambio de perspectiva es especialmente relevante porque permite dejar de preguntar exclusivamente “¿qué tiene esta persona?” para incorporar otra pregunta:
“¿Qué le está ocurriendo a esta persona y cómo podemos comprender su experiencia en toda su complejidad?”

Cuando el sufrimiento no aparece en un examen

El dolor persistente también plantea un desafío a nuestros sistemas de atención.

Durante mucho tiempo hemos otorgado mayor legitimidad a aquello que podemos observar, medir o demostrar mediante un examen. Sin embargo, la propia definición contemporánea del dolor reconoce su carácter personal y señala que el relato de una persona acerca de su experiencia debe ser respetado (Raja et al., 2020).

Esto obliga a ampliar nuestros marcos de comprensión.

La ausencia de un hallazgo orgánico suficiente no debería conducir automáticamente a invalidar el sufrimiento, como tampoco debería llevar a concluir apresuradamente que su origen es exclusivamente psicológico.

Entre ambos extremos existe un amplio espacio clínico y humano que requiere evaluación, escucha y trabajo interdisciplinario.

Comprender el dolor desde una perspectiva integral significa reconocer la interacción entre cuerpo, sistema nervioso, emociones, cogniciones, experiencias vitales, vínculos y contexto social.

Y quizás ese sea uno de los cambios más importantes: dejar de buscar únicamente una explicación para el síntoma y comenzar también a comprender a la persona que lo experimenta.

Porque cuando el dolor persiste, la pregunta no siempre es solamente “¿por qué me duele?”.

A veces también necesitamos comenzar a preguntarnos:
“¿Qué ha significado este dolor en mi vida, cómo estoy viviendo con él y qué necesito para recuperar bienestar?”

Encontrar respuestas a estas preguntas no significa dejar de buscar una explicación médica.

Significa ampliar la mirada.

Y, en determinadas situaciones, puede ser el comienzo de una forma diferente de comprender y acompañar el dolor.

Referencias

Gatchel, R. J., Peng, Y. B., Peters, M. L., Fuchs, P. N., & Turk, D. C. (2007). The biopsychosocial approach to chronic pain: Scientific advances and future directions. Psychological Bulletin, 133(4), 581–624. https://doi.org/10.1037/0033-2909.133.4.581

Kosek, E., Clauw, D., Nijs, J., Baron, R., Gilron, I., Harris, R. E., Mico, J. A., Rice, A. S. C., & Sterling, M. (2021). Chronic nociplastic pain affecting the musculoskeletal system: Clinical criteria and grading system. Pain, 162(11), 2629–2634. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000002324

Raja, S. N., Carr, D. B., Cohen, M., Finnerup, N. B., Flor, H., Gibson, S., Keefe, F. J., Mogil, J. S., Ringkamp, M., Sluka, K. A., Song, X. J., Stevens, B., Sullivan, M. D., Tutelman, P. R., Ushida, T., & Vader, K. (2020). The revised International Association for the Study of Pain definition of pain: Concepts, challenges, and compromises. Pain, 161(9), 1976–1982. https://doi.org/10.1097/j.pain.0000000000001939

Williams, A. C. de C., Fisher, E., Hearn, L., & Eccleston, C. (2020). Psychological therapies for the management of chronic pain (excluding headache) in adults. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2020(8), CD007407. https://doi.org/10.1002/14651858.CD007407.pub4

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